Tras un día de caminatas y visitas, decidimos acudir a este lugar para tomar unos dulces típicos y un té para finalizar por todo lo alto nuestra visita a Granada. Llegamos al restaurante gracias a una recomendación de un amable comerciante. Al llegar al sitio nos atiende un chico árabe al que le preguntamos si tienen los dulces que buscamos y nos contestan en la puerta que si, por lo que nos asignan una mesa y nos sentamos. Cuando tomamos asiento comenzamos a hacer preguntas típicas sobre qué lleva, que tamaño tiene, si es para compartir, etc. A lo que la persona que nos recibe en la puerta nos contesta de muy malas formas diciendo esto tiene un tamaño normal, así más o menos. Nos comenta que enseguida vuelve a tomarnos nota y se ausenta un buen rato. Vimos una camarera pasar y le dijimos que si nos tomaba nota , por favor. No le dio tiempo a llegar porque volvió a aparecer el hombre del principio para tomar nota. Hacemos nuestro pedido y parece no estar contento con ello. Finalmente nos dice, chicos esto no puede ser, este lugar es un restaurante para comer, no para tomar postre. Sus formas no fueron las más correctas. De hecho ahí había personas que no estaban cenando y solo se nos comunicó a nosotros esta “norma”. No contentos con ello nos marchamos ya que nuestra intención no era cenar, y mucho menos ser tratados de esa manera.