Surrealista. Nos sentamos y después de 10 minutos, con la terraza vacía y el camarero de parlada con sus amigos se digna a cogernos nota. Le indicamos los desayunos según vienen en la carta y nos contesta de malas formas que “le digamos lo que llevan, que por el nombre no se aclaran”. Viene con un donut normal cuando habíamos pedido uno de chocolate para una niña de 5 años y se dirige a ella de malas maneras para preguntarle que si está segura, que le había dicho normal y no de chocolate. Le decimos que falta el aceite de las tostadas de jamón. Trae el donut de chocolate pero no el aceite. Después de 15 minutos (él de risas y cervezas con unos amigos) nos levantamos a por ello. Al rato se acerca y nos dice que como hemos ido a por ello, que lo tenemos que volver a llevar nosotros. Nos da “la chapa” con que es que tiene otra mesa que le está tratando fatal a lo que le contestamos que no es nuestro problema ni puede pagarlo con nosotros que le estamos hablando bien. Después de seguir hablándonos así le preguntamos por el dueño y nos trae a un señor (tenía pinta de ser un cliente) que nos dice que si no nos gusta, que ya sabemos, que no volvamos. Un circo, lamentable. He pasado de ir prácticamente todas las semanas a no querer ni sentarme. Han abierto un bar al lado que merece más atención que este.